febrero 18, 2021

Hoy se conmemora a San Simeón, Obispo y Mártir

 

En el siglo I, San Simeón fue el segundo en ocupar el cargo de obispo de Jerusalén. Además, fue pariente de Cristo, según señalan tanto el Evangelio de San Mateo (13, 55) como el de San Marcos (6, 3).

En los relatos sobre la historia de la Iglesia primitiva de Eusebio de Cesarea, Simeón es reconocido como primo carnal del Señor, al ser hijo de Cleofás, hermano de San José. Asimismo, Hegesipo nos dice que la madre de Simeón fue concuñada de la Virgen María.

En los Evangelios de San Juan y de San Mateo se menciona a una “hermana” de la Madre de Dios, que vendría a ser María, esposa de Cleofás, padre de Simeón.

Después del martirio del primer obispo de Jerusalén, Santiago el Justo, sufrido a manos de los judíos, y de la inmediata revuelta en la ciudad, los apóstoles y discípulos del Señor que sobrevivieron se reunieron para deliberar y nombrar al obispo sucesor. El elegido fue Simeón.

Eusebio de Cesarea también señala que, en tiempos del emperador Trajano, había resurgido la persecución en Palestina y en las ciudades aledañas, a causa de las frecuentes revueltas del pueblo.

Fue entonces que el segundo obispo de Jerusalén, Simeón, fue acusado de azuzar a los cristianos y, para peor, de ser descendiente de David, por lo que fue sentenciado a muerte por el gobernador romano Ático. San Simeón de Jerusalén fue torturado y luego crucificado. La tradición señala que habría muerto a la edad de 120 años.

 

Oración a San Simeón

 

Luz de mi alma en las tinieblas,
tú eres mi esperanza, mi apoyo, mi consuelo,
mi refugio y mi dicha.

Tú que hiciste nacer la verdadera luz de la inmortalidad;
ilumina los ojos de mi corazón.

¡Tú que trajiste al mundo la fuente de la inmortalidad,
dame la vida, pues el pecado me lleva a la muerte!

Madre de Dios misericordioso, ten piedad de mí
e indúceme al arrepentimiento de corazón,
a la humildad de pensamiento,
a la reflexión en el razonamiento.

Hazme digno hasta mi último suspiro
de ser santificado por esos misterios
para que sanen mi cuerpo y mi alma.

Acuérdame las lágrimas de penitencia,
para que te cante y glorifique todos los días de mi vida,
tú bendita por los siglos de los siglos.

Rezar un Ave María, un Padre Nuestro y un Gloria.

 



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